El pacto siniestro que dejó en libertad al fundador más temido de la MS-13

El pacto siniestro que dejó en libertad al fundador más temido de la MS-13

El enigma de Zacatraz: La puerta que se abrió desde adentro

Imagina el lugar más hostil, frío e impenetrable de toda Centroamérica. Una fortaleza de concreto armado, rodeada de anillos de seguridad perimetrales, guardias armados hasta los dientes, cámaras de vigilancia de última generación y un aislamiento diseñado específicamente para quebrar la voluntad humana. Esa es la prisión de máxima seguridad de Zacatecoluca, en El Salvador, bautizada popularmente con un nombre que infunde terror con solo pronunciarlo: “Zacatraz”. A ese lugar van a morir, en vida, los peores criminales del país. Se supone que una vez que las gigantescas puertas de metal se cierran a tus espaldas, tu nombre desaparece del mundo de los vivos. No hay esperanza. No hay visitas de contacto. No hay escape.

Sin embargo, un día cualquiera, las reglas fundamentales de la física penitenciaria y de la justicia se rompieron en mil pedazos.

Un hombre condenado a 40 años de prisión inquebrantable salió de Zacatraz. Y no lo hizo como en las películas de Hollywood que glorifican a los capos de la droga. Este hombre no cavó un túnel subterráneo kilométrico con una cuchara oxidada. No sobornó a un custodio de bajo rango en la oscuridad de la noche. No orquestó un motín sangriento tomando rehenes, no hubo ráfagas de ametralladora, ni alarmas sonando, ni reflectores iluminando el cielo nocturno en una persecución frenética. No. Este hombre salió caminando. Salió por la puerta grande. A plena luz, escoltado hacia la libertad no por sus secuaces, sino por funcionarios del propio Estado que lo tenía preso.

Según los devastadores informes y acusaciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, esos funcionarios de alto nivel no se limitaron a abrirle la reja. Lo sacaron de las entrañas de la prisión más segura del país, lo alojaron en un apartamento de súper lujo en la zona más exclusiva de la capital y, en un acto que roza el surrealismo absoluto, le entregaron en sus manos un arma de fuego.

¿Quién es este hombre tan poderoso, tan valioso y tan temido, capaz de doblegar la maquinaria punitiva de un país entero sin levantar un solo dedo? Su nombre legal es Elmer Canales Rivera. Pero en las calles ensangrentadas de América, en los expedientes policiales del FBI y en las pesadillas de miles de familias, es conocido por su apodo de guerra: “Crook de Hollywood”. Él no es un soldado raso. Él es uno de los padres fundadores de la cúpula suprema de la Mara Salvatrucha (MS-13). Y la historia de lo que ocurrió antes, durante y después de su absurda liberación, es quizás el secreto político y criminal más explosivo, oscuro e increíble que ha vivido El Salvador en toda su historia moderna.

Los 12 Apóstoles del Diablo: El génesis de la cúpula

Para entender la verdadera dimensión de lo que significa haber liberado a Elmer Canales Rivera, debemos alejarnos de las estadísticas frías y adentrarnos en la anatomía del monstruo. No estamos hablando de un pandillero que controlaba una esquina, ni de un “palabrero” que cobraba extorsiones en un mercado local. Estamos hablando de la realeza del crimen transnacional.

El nivel de peligrosidad de “Crook” no lo definen solo los expedientes locales salvadoreños; lo define la máxima autoridad judicial de la nación más poderosa de la Tierra. Cuando el Fiscal General de los Estados Unidos, Merrick Garland, pronuncia tu nombre en una conferencia de prensa internacional, no lo hace por un robo menor. Garland describió a Canales Rivera con una precisión escalofriante: “Miembro fundador de los Doce Apóstoles del Diablo”.

Ese es el nombre fundacional de la “Ranfla Histórica” o “Ranfla Nacional” de la MS-13. Una cúpula directiva, un consejo de administración del mal compuesto por una docena de hombres que, desde las sombras y las prisiones, dirigían de forma centralizada y jerárquica todas las operaciones de la pandilla. Garland añadió una frase que resume décadas de luto: “Canales Rivera es responsable de los esfuerzos de la pandilla durante décadas para aterrorizar a las comunidades, atacar a las fuerzas del orden y sembrar violencia en Estados Unidos y en el extranjero”.

Crook de Hollywood es, en esencia, uno de los arquitectos del terror moderno en el hemisferio. Bajo su liderazgo (y el de sus pares en la Ranfla), la MS-13 mutó de ser una pandilla callejera de deportados en Los Ángeles a convertirse en una organización criminal transnacional tan mortífera que el gobierno estadounidense la clasificó a la par de las organizaciones terroristas internacionales. Miles de asesinatos, secuestros, decapitaciones, tráfico humano y de drogas llevan, directa o indirectamente, el sello de las decisiones tomadas por estos “doce apóstoles”.

Y la historia de impunidad de Crook con la justicia no es nueva. Comenzó hace un cuarto de siglo, con un caso que, visto en retrospectiva, ya olía a podredumbre institucional y prefiguraba el futuro. El 12 de junio del año 2000, un joven Elmer Canales, con apenas 24 años, fue detenido por su participación directa en el mediático secuestro de un hombre, en lo que la prensa de la época bautizó como el “Caso Costa Azul”.

Pero el detalle macabro, el dato que lo cambia absolutamente todo y que muy poca gente recuerda hoy, es la compañía que tenía Crook en el momento de cometer ese secuestro. Lo perpetró junto a dos ex policías. Léelo otra vez, asimila la gravedad del hecho: la primera vez que este fundador pandillero cayó en manos de la justicia, cayó operando en asociación delictiva con dos ex agentes de la mismísima Policía Nacional Civil. Desde el minuto cero de su fulgurante carrera criminal, la línea, teóricamente impenetrable, que separa a las pandillas de las fuerzas del orden que juraron combatirlas, ya era un muro poroso, borroso e hipócrita en el expediente de este hombre. Esa relación incestuosa entre el crimen y el Estado iba a definir su destino final.

40 años en la tumba de concreto y la alarma de Washington

A partir de aquella captura en el año 2000, Crook de Hollywood no volvió a pisar las calles en libertad durante 21 largos años. Dentro de los muros penitenciarios, su currículum criminal siguió engordando de manera grotesca. Dirigió extorsiones masivas, ordenó asesinatos de rivales y subordinados, y controló el lucrativo tráfico de objetos prohibidos dentro de los penales. Se erigió como un faraón tras las rejas.

Finalmente, en 2020, la justicia salvadoreña parecía haber cerrado el ataúd para siempre. Le dictaron una condena que debía sepultarlo en el olvido absoluto: 40 años de prisión en firme por dos homicidios agravados, más un año adicional por la introducción de ilícitos a la cárcel. Su morada definitiva: Zacatraz.

A sus más de 40 años de edad, con semejante condena a cuestas, su vida activa debería haber terminado ahí. Sin embargo, en el verano boreal de 2021, la trama dio un vuelco geopolítico. El 26 de julio de 2021, el gobierno de los Estados Unidos levantó la mano en el tablero internacional y dijo oficialmente que quería a este hombre. Emitieron una solicitud formal de extradición, acusándolo de proporcionar apoyo material a terroristas y de conspirar para cometer actos de terrorismo transnacional.

Como si una petición directa del Tío Sam no fuera suficiente cerrojo, sobre Canales Rivera pesaba de manera simultánea una notificación de Alerta Roja de Interpol. El mecanismo policial global que marca a un individuo como un objetivo de captura imperativa en prácticamente cualquier rincón del planeta Tierra.

Hagamos un alto y analicemos el escenario. En el verano de 2021, Crook de Hollywood era, estadísticamente, uno de los hombres más encerrados y vigilados del mundo. Tenía 40 años de condena firme. Habitaba la prisión de máxima seguridad del país. Estaba pedido en extradición por la superpotencia mundial por cargos de terrorismo. Y tenía una Alerta Roja global en su contra. Imposible estar más asfixiado legalmente.

Y, sin embargo, cuatro meses después de esa petición de extradición… ese hombre estaba libre. Caminando bajo el sol.

¿Qué habrías hecho tú en esta situación si fueses un agente de seguridad de bajo rango, honrado, ganando un salario mínimo, viendo a tu peor enemigo (al que costó sangre, sudor y compañeros caídos capturar) salir escoltado, sin esposas, por las altas autoridades de tu propio gobierno? La desmoralización y el shock debieron ser absolutos.

El baño de sangre y la liberación secreta

Aquí es donde la historia abandona los márgenes de un thriller policial convencional y se sumerge en las turbias aguas de la política de Estado. Porque la liberación de Crook de Hollywood no ocurrió en el vacío. No fue un error administrativo de un martes por la tarde. Ocurrió en un contexto de altísima tensión y muerte.

Según el archivo oficial del Sistema de Información Penitenciaria (SIP) de El Salvador —el propio registro informático del gobierno— Elmer Canales Rivera fue marcado como “liberado” el 18 de noviembre de 2021.

Apenas siete días antes de esa fecha, entre el 9 y el 11 de noviembre, El Salvador había sufrido un colapso brutal. En un macabro fin de semana, el país entero se tiñó de sangre. Se registró una masacre descontrolada atribuida directamente al accionar de las pandillas, dejando un saldo de 45 personas asesinadas de forma violenta en apenas tres días. Cuarenta y cinco cadáveres de ciudadanos esparcidos en las aceras, en los autobuses, en los mercados. Un mensaje de terror puro enviado desde las clicas hacia el gobierno.

Y resulta que, misteriosamente, exactamente una semana después de ese apocalipsis de plomo, uno de los líderes supremos fundadores de la MS-13, el hombre que tiene la autoridad absoluta para ordenar detener o iniciar las matanzas, salía de Zacatecoluca por la puerta grande. Según las revelaciones obtenidas y publicadas posteriormente por el prestigioso periódico digital El Faro, la salida de Canales Rivera no fue un acto de clemencia judicial, sino una liberación ilegal y cuidadosamente diseñada, presuntamente para que Crook saliera a las calles a “poner orden” en las filas descontroladas de la MS-13.

¿Y quién fue el artífice material de esta hazaña? Aquí las investigaciones periodísticas apuntan directamente al corazón del gobierno de turno. El Faro determinó que esta operación secreta fue facilitada presuntamente por dos altos funcionarios: el Viceministro de Justicia y Seguridad Pública y Director de Centros Penales, Osiris Luna; y el Director de Reconstrucción del Tejido Social, Carlos Marroquín. Este último, según diversas publicaciones, habría fungido durante años como el enlace extraoficial entre las autoridades gubernamentales y las cúpulas pandilleras en un intento por negociar reducciones artificiales de homicidios a cambio de beneficios carcelarios.

La prueba de cargo que el periodismo puso sobre la mesa en mayo de 2022 fue sísmica. Un audio filtrado de una conversación telefónica entre Carlos Marroquín y un cabecilla en libertad de la MS-13. En dicha grabación, el propio funcionario público parecía reconocer con frustración que él, personalmente, había sacado a “Crook” de la prisión de máxima seguridad y que, de hecho, lo había escoltado físicamente hasta el territorio de la vecina República de Guatemala.

Evidentemente, el gobierno del presidente Nayib Bukele ha negado de manera categórica, reiterada y airada haber pactado jamás con estructuras criminales o haber liberado a pandilleros. Pero la versión periodística encontró pronto un aliado de peso incalculable: el sistema de justicia estadounidense.

El escape VIP: Un arma, lujos y un pasaporte fantasma

El Departamento de Justicia de EE. UU. (DOJ) no se nutre de recortes de prensa; se nutre de investigaciones del FBI, testigos protegidos e inteligencia. Y cuando el DOJ incorporó su versión de los hechos a un expediente judicial oficial en Nueva York, la descripción de la salida de Crook resultó ser aún más grotesca e indignante que la adelantada por los medios.

Según el documento del tribunal federal, los fiscales aseguraron que en el juicio demostrarán que Elmer Canales Rivera fue, cito textualmente, “escoltado desde una prisión por funcionarios de alto nivel del gobierno salvadoreño, alojado en un apartamento de lujo y en otros lugares, provisto de un arma de fuego y luego conducido hasta la frontera con Guatemala, donde se hicieron arreglos con un traficante de personas para introducirlo ilegalmente en ese país”.

Detente a asimilar cada componente de esa declaración jurada estadounidense. Un líder pandillero con 40 años de condena y alerta roja de Interpol, no es sacado a escondidas en el baúl de un coche viejo. Es escoltado con honores por autoridades. Es alojado en la opulencia. Se le dota de un arma de fuego —entregarle una pistola al jefe de los escuadrones de la muerte es, a todas luces, una complicidad demencial—. Y, finalmente, funcionarios del Estado negocian con la mafia de la trata de personas (“coyotes”) para garantizar su fuga internacional.

Mientras las madres de las personas asesinadas en los años previos, y de las 45 víctimas caídas esa misma semana de noviembre, lloraban a sus muertos y exigían justicia en juzgados polvorientos, “Crook de Hollywood” estaba descansando en un sofá de cuero. La investigación reveló que, una vez fuera de Zacatraz, el capo residió plácidamente en San Salvador, en un lujoso apartamento ubicado en la Colonia Escalón. Esta es una de las zonas comerciales y residenciales más acomodadas, exclusivas y vigiladas de la capital salvadoreña, donde el alquiler mensual de un inmueble roza fácilmente los 2,000 dólares.

Dos mil dólares al mes. Pagados, presuntamente, con el esfuerzo de la maquinaria de impunidad. Desde esa atalaya de confort, el hombre más encerrado de El Salvador planeó su exilio, convirtiéndose en cuestión de días en un fantasma indocumentado, un fugitivo internacional con un salvoconducto gubernamental invisible, que cruzó a Guatemala y, posteriormente, se infiltró en el vasto y peligroso territorio de México.

La ironía del destino: Traicionado por un álbum de fotos

En el oscuro ajedrez del crimen organizado, los grandes capos no suelen caer por operativos sofisticados dignos de Misión Imposible. Suelen caer por su propio ego, por descuidos absurdos o por el eslabón más débil de su entorno emocional. Todo fugitivo perfecto comete un error humano. Y el error que dinamitó el encubrimiento de la fuga de Crook no lo cometió él con un teléfono encriptado ni en una reunión clandestina con los carteles. Fue un error de una cotidianidad aplastante. Un error nacido de la vanidad.

El Faro explicó meses después que lograron reconstruir gran parte del itinerario del escape internacional de Canales Rivera gracias, ni más ni menos, que a las fotografías publicadas públicamente en redes sociales por su pareja sentimental. Una mujer llamada Yesi Chávez.

¿Quién es Yesi Chávez? Su historial tampoco es el de una espectadora inocente. En el año 2010, Chávez se había sentado en el banquillo de los acusados junto al mismísimo Crook de Hollywood, enfrentando graves cargos por secuestro y homicidio agravado. Tras pasar más de cuatro años tras las rejas, logró ser absuelta por vacíos probatorios. Ella fue la mujer que, según las investigaciones, acompañó a Crook en su tour de huida VIP hacia México.

Fueron sus “stories”, sus publicaciones casuales, sus paisajes compartidos en las plataformas sociales (quizás alardeando inconscientemente de su impunidad vacacional) las migas de pan digitales que permitieron a los sabuesos del periodismo de investigación geolocalizar y armar el rompecabezas del escape. La cúpula suprema de la MS-13, la temida Ranfla Nacional capaz de poner de rodillas a un país, fue delatada y expuesta a nivel mundial por algo tan trivial como un álbum de fotos de Facebook.

La cacería de fantasmas: Diez meses de comedia negra

Mientras el escándalo comenzaba a tomar forma en las portadas digitales, Estados Unidos se quedó observando el tablero con profunda irritación. Ellos habían pedido formalmente la cabeza de Crook. En enero de 2022, el pánico diplomático se encendió. La Corte Suprema de Justicia de El Salvador emitió un documento (un acuse de recibo) reconociendo que la Embajada estadounidense había enviado una Nota Diplomática muy agresiva.

La nota exigía respuestas: Estados Unidos comunicaba que tenían información de inteligencia fidedigna de que “el requerido fue liberado del confinamiento” a pesar de tener una solicitud de extradición activa y una alerta de Interpol. Y exigían, en lenguaje diplomático pero amenazante, que se les proporcionara “una actualización sobre la ubicación actual de Canales Rivera”. Traducción literal: “¿Dónde demonios está el terrorista que prometieron entregarnos?”.

La respuesta oficial fue el silencio. Y es aquí donde esta crónica negra da un giro narrativo tan inverosímil que ningún guionista de Hollywood se atrevería a escribir. El mismo aparato estatal al que se señalaba de haber facilitado la fuga en vehículos oficiales, se lanzó repentinamente a una cacería internacional desesperada, sudorosa y secreta para volver a atrapar al monstruo que ellos mismos soltaron.

¿El motivo? Las encuestas y las urnas. Según el reporte periodístico, a ciertos sectores del gobierno les urgía, les quemaba en las manos la necesidad de recapturar a Crook y volver a meterlo en una celda en El Salvador antes de que arrancaran las campañas electorales. Elmer Canales Rivera se había metamorfoseado de aliado táctico a una bomba de tiempo con piernas, un testigo suelto en territorio mexicano que podría destapar los pactos de Estado, mientras Washington respiraba enfurecido en la nuca del gabinete salvadoreño.

La orden era clara: había que recuperarlo a toda costa. Pero la ejecución de esta orden fue un fiasco monumental, digno de una comedia de enredos. Para localizar a Crook en la inmensidad de la geografía mexicana, un altísimo funcionario del gobierno salvadoreño —identificado en los audios obtenidos por El Faro bajo el alias de “Iván”— recurrió a la ayuda más insólita, surrealista y patética posible. Buscó apoyo de otro líder pandillero.

El Inspector alias “Iván” contactó telefónicamente a un sujeto apodado “Rafa”. Rafa no era cualquier informante; era un conocido ex líder histórico del Barrio 18 Sureños (la pandilla archienemiga de la MS-13), quien supuestamente alardeaba de tener línea directa y negocios de alto nivel con el sanguinario Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en México.

La estampa es trágica: El poderoso Estado salvadoreño suplicándole a un líder de la Mara 18 que usara sus conexiones con el narcotráfico mexicano para encontrar a un líder prófugo de la MS-13.

El remate de esta trama es hilarante y humillante a partes iguales. Durante diez eternos meses, el pandillero “Rafa” estuvo engañando, manipulando y tomándole el pelo al gobierno. Rafa le hizo creer al funcionario que su escuadrón de sicarios estaba desplegado en México, que ya tenían rastreado a Crook, que estaban coordinando con los altos mandos del Cártel de Jalisco y que la captura era inminente. Todo, desde el primer “hola” hasta la última llamada, era una mentira colosal.

El Faro constató que durante esos diez meses de intensas comunicaciones telefónicas, el tal “Rafa” jamás movió un solo dedo, no hizo ninguna maniobra logística, ni siquiera contactó al cártel. Simplemente se dedicó a venderle humo a las autoridades, extorsionando atención (y probablemente recursos) a cambio de ilusiones. El Estado fue bailado al ritmo de un criminal mientras el reloj electoral avanzaba sin piedad.

Jaque Mate en Jalisco y un boleto sin retorno a Nueva York

Mientras las autoridades salvadoreñas perseguían fantasmas telefónicos, el hombre que buscaban seguía vivo y oculto en el corazón del territorio narco en México. Pero Crook no sabía que el verdadero peligro no venía del sur, sino de las sombras tecnológicas de Estados Unidos.

El destino finalmente lo alcanzó el 7 de noviembre de 2023. Pero el golpe fue doblemente amargo para quienes deseaban mantener en secreto su fuga. Elmer Canales Rivera no cayó en manos de comandos salvadoreños. Cayó bajo el peso implacable del FBI y de la justicia federal internacional. Fue localizado, acorralado y capturado por fuerzas federales en la bulliciosa ciudad de Guadalajara, precisamente la capital del estado de Jalisco, la cuna del cártel con el que supuestamente “Rafa” negociaba falsamente.

El desenlace logístico fue meteórico, brutal e inapelable. Dos años después de salir caminando por la puerta principal de Zacatraz en medio del lujo, el fundador de la Ranfla fue esposado, subido a la fuerza a un avión fuertemente custodiado y extraditado de facto —o deportado de emergencia— no a San Salvador, sino directamente hacia Estados Unidos. Aterrizó en territorio norteamericano para enfrentarse al país que llevaba 24 meses buscando desesperadamente su cabeza.

México, de hecho, se había convertido en un inmenso muro invisible, en una trampa de acero para las jerarquías criminales. Crook no fue el primero en probar esa medicina amarga. Meses antes, en abril de 2023, otro líder de la Ranfla, José Alfredo Ayala Alcántara, alias “Indio de Hollywood”, intentó el mismo escape suicida hacia el norte. La Marina mexicana lo interceptó y lo empaquetó en un vuelo sin escalas rumbo a Houston, Texas, donde agentes del FBI lo esperaban en la pista de aterrizaje con las esposas listas. Los capos de la MS-13 que soñaban con desaparecer en la vasta geografía azteca estaban terminando, uno tras otro, en los peores calabozos de Estados Unidos.

La caída de Crook fue celebrada en Washington como una victoria estratégica masiva. El mismísimo Fiscal General Garland lanzó un mensaje que heló la sangre de los cabecillas restantes en El Salvador: “El arresto de este líder veterano de alto rango de la MS-13 debería servir como una severa advertencia a los demás líderes de que el Departamento de Justicia los hará responsables de sus crímenes”.

Y las acusaciones que ahora pesan sobre él en el Distrito Este de Nueva York explican a la perfección la obsesión estadounidense. En la corte federal, Crook no es un pandillero de barrio. Está imputado formalmente bajo los mismos estatutos legales utilizados para procesar a operativos de Al-Qaeda o ISIS. Sus cargos incluyen: conspiración para proporcionar y ocultar apoyo material a terroristas, conspiración para cometer actos de terrorismo transnacional, financiamiento del terrorismo y narcoterrorismo.

La matemática penal es simple: de ser hallado culpable, Elmer Canales Rivera, de 47 años, jamás volverá a ver el cielo sin que haya unos barrotes de por medio. Será condenado a cadena perpetua. Morirá en una jaula de acero en suelo extranjero.

El silencio que amenaza con destruir el relato oficial

El 11 de enero de 2024, ataviado con el humillante uniforme de presidiario, Crook tuvo su primer cara a cara formal con el sistema judicial de los Estados Unidos en una corte de Long Island, Nueva York. La audiencia duró escasos 15 minutos. Fue un trámite burocrático, sin fuegos artificiales ni grandes discursos. Sin embargo, en ese breve lapso, Canales Rivera, asesorado por su abogada defensora Elizabeth Macedonio, tomó una decisión táctica brillante que muchos analistas pasaron por alto: declinó voluntariamente su derecho constitucional a un juicio rápido (la garantía de ser juzgado en un máximo de 72 días).

Renunció a la prisa. Escogió deliberadamente el camino largo y tortuoso de la justicia estadounidense. Y es precisamente esa decisión meditada la que lo convierte hoy en la pieza más radiactiva y peligrosa de todo el tablero político y criminal del continente americano.

¿Por qué? Porque Crook de Hollywood no es simplemente un terrorista confeso y acorralado. Hoy por hoy, él es el único testigo directo, de primera mano, sentado físicamente en una jurisdicción intocable e insobornable, que conoce todos los detalles de cómo diablos se abrieron las puertas del infierno de Zacatraz.

Él sabe exactamente el nombre y apellido del funcionario que le entregó la pistola de despedida. Él conoce la matrícula del vehículo oficial que lo escoltó. Él estuvo presente en las reuniones, sabe qué favores políticos, promesas de reducción de violencia electoral o tratos económicos se pactaron a cambio de su absurda libertad. Y, lo más importante: él sabe a quién tuvo que llamar el intermediario para autorizar su salida.

Él es un inmenso archivo confidencial que camina y respira. En un sistema judicial como el estadounidense, donde los acuerdos de cooperación (las llamadas “plea bargains”) son la moneda de cambio habitual para evitar el aislamiento extremo (como en prisiones estilo ADX Florence), cada palabra, cada memoria y cada confesión que este hombre decida pronunciar en esa corte tiene el potencial balístico de provocar un terremoto político capaz de arrasar con la credibilidad, el relato oficial y la historia reciente del Estado salvadoreño.

¿Crees que un solo hombre recluido en una celda helada de Nueva York tiene el verdadero poder de derribar el relato de éxito y “mano dura” de todo un gobierno, o encontrarán la forma de desacreditarlo o silenciarlo antes de que hable?

La balanza se inclina sobre un abismo. Por un lado, tenemos las investigaciones periodísticas rigurosas y las acusaciones juradas del Departamento de Justicia norteamericano, que pintan un cuadro aterrador de pactos oscuros, complicidad gubernamental y traición a las víctimas, utilizando a los líderes pandilleros como peones electorales. Por el otro lado, se yergue el muro de contención del gobierno de Nayib Bukele, respaldado por una arrolladora popularidad y una reducción estadística real de la violencia en las calles de El Salvador, que niega de forma absoluta y tajante cualquier tipo de acuerdo, tregua o beneficio otorgado a estas estructuras criminales. Son dos realidades paralelas, dos narrativas en colisión directa.

Pero en medio de la guerra mediática, las negaciones oficiales, los audios filtrados y el humo del debate público, hay un hecho físico, verificable e irrefutable que ninguna campaña de relaciones públicas puede borrar de la historia: Un hombre responsable de bañar en sangre a varias naciones, condenado sólidamente a 40 años, encarcelado bajo el concreto y las cámaras de la prisión más inexpugnable, con la Interpol y el FBI buscándolo activamente… apareció mágicamente libre, viviendo en el lujo, caminando hacia el norte.

En ese hecho incontestable, en el chasquido del metal de la puerta principal de Zacatraz abriéndose hacia afuera un 18 de noviembre de 2021, se resume el poder grotesco y profundo que acumularon los Doce Apóstoles del Diablo. El poder absoluto de obligar al Estado que te condenó a pudrirte en la sombra, a ponerse el uniforme de chófer, cargarte las maletas y acompañarte amablemente hacia la salida.

Ese es el legado de Elmer Canales Rivera. El hombre que se fue de Zacatraz caminando, y que hoy, desde el silencio asfixiante de su celda en Nueva York, tiene al poder entero conteniendo la respiración, aterrorizado ante la posibilidad de que, un día, Crook de Hollywood decida abrir la boca y contarlo absolutamente todo.

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